Si EE. UU. debilita al sistema global de derechos humanos, ¿quiénes se alzarán en su defensa? Pese a las retóricas rimbombantes, muchos gobiernos tratan a los derechos y al Estado de derecho como un obstáculo, en vez de un beneficio, para la seguridad y el crecimiento económico. La Unión Europea, Canadá y Australia parecen refrenarse por temor a irritar a EE. UU. y China. Otros se ven debilitados por la forma en que los partidos políticos que muestran tendencias antiliberales han distanciado su política interna y su discurso de un enfoque que respete los derechos humanos. En muchas partes de Europa Occidental, como el Reino Unido, Alemania y Francia, muchos votantes aceptan de buen gusto que se limiten los derechos de “otros”, ya sean inmigrantes, mujeres, minorías raciales y étnicas, personas LGBT u otras comunidades marginadas. Pero como lo prueba la historia, los autócratas en potencia nunca se detienen en los “otros”.
Para llenar este vacío, existe una necesidad urgente de forjar una nueva alianza mundial para apoyar los derechos humanos internacionales dentro de un orden basado en normas. Individualmente, es esperable que estos países se vean abrumados por la influencia global de EE. UU. y China. Pero juntos, podrían convertirse en una fuerza política poderosa y un bloque económico contundente. Los participantes lógicos de una alianza interregional de este tipo serían democracias establecidas y con un importante peso económico y geopolítico, lo que incluye, entre otras, a Australia, Brasil, Canadá, Japón, Sudáfrica, Corea del Sur y el Reino Unido, así como la UE como institución y muchos de sus Estados miembros.
Es crucial mirar más allá de los actores habituales. El orden multilateral fue construido, ladrillo a ladrillo, por estados de todas las regiones a lo largo de décadas. Países como Costa Rica, Ghana, Malasia, México, Senegal, Sierra Leona y Vanuatu han desempeñado un papel importante en iniciativas específicas sobre derechos humanos en foros internacionales clave. Diplomáticos creativos de estados más pequeños, como Liechtenstein y Gambia, han sido fundamentales para promover la justicia internacional. Y debe reconocerse que el apoyo a los derechos humanos nunca ha provenido exclusivamente de democracias poderosas o de países donde la situación de los derechos haya sido óptima.
En teoría, la India, considerada durante mucho tiempo la democracia más grande del mundo, podría ser un miembro clave de esta alianza global, en vista de que anteriormente se opuso al apartheid en Sudáfrica y defendió los derechos de minorías en el Tíbet y Sri Lanka. Lamentablemente, bajo una gestión de Narendra Modi que promueve activamente el mayoritarismo hindú, es muy improbable que la India pueda presentarse como defensora de los derechos humanos. En un contexto en que las autoridades indias oprimen a opositores políticos, atacan a minorías, especialmente musulmanas y cristianas, censuran voces independientes, prohíben libros y cometen atrocidades en operaciones de contrainsurgencia, por ahora es poco probable que vean conveniente fortalecer un sistema que, en algún momento, podría usarse en su contra.
Sin embargo, la India también ha sido blanco de la administración Trump por comprar petróleo ruso y considera a China, con la que se ha disputado su frontera compartida, como un competidor estratégico. El gobierno indio históricamente ha elegido el estatus de “no alineado”, pero tal vez considere que limpiar su historial de derechos humanos para unirse a otras democracias podría protegerlo de las grandes potencias agresivas.